11.7.06

No hay fotógrafo sin suerte: Metinides Tsironides

Durante más de 50 años el horror fue la fascinación de Enrique Metinides Tsironides (ciudad de México, 1934). De los años 40 a los 90 el fotógrafo registró los sucesos más impactantes publicados en las secciones de "nota roja" en la prensa escrita, pero hoy prefiere tomar su cámara sólo para fotografiar a sus nietos. A la calle ni le interesa regresar, "es muy peligroso", dice.

Enrique Metinides es hijo de un matrimonio de griegos que vinieron a México para pasar su luna de miel, pero ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial se quedaron a radicar en la ciudad de México, primero en la colonia Guerrero y después en la avenida Hidalgo.

Su padre, Teohojaris Metinides, era dueño de una tienda de fotografía que se ubicaba sobre avenida Juárez, a un lado del hotel Regis que se derrumbó en el terremoto de 1985.

"Cuando mi papá quita el negocio de fotografía pone un restaurante llamado Olimpia, en San Cosme, pero me regaló una de las cámaras y rollos que vendía. Cerca de ahí pasaban los tranvías y para que no atropellaran a la gente que se paraba a esperarlos hicieron unos camellones con una especie de boya de concreto, y ahí seguido se estrellaban los carros y yo tomaba fotos de eso. Apenas tenía 11 años."

El Ministerio Público y el juez calificador de la séptima delegación de policía acostumbraban a comer en el Olimpia, algo que el pequeño Metinides aprovechaba para mostrar sus fotografías de accidentes.

"Un día me dijeron: si quieres, vente a la delegación, ahí retratas los carros chocados que nos llevan las grúas y te metes con nosotros a lo que haya. Entonces me daban permiso de retratar a los presos y a los cadáveres."

La primera fotografía que Metinides captó de un cadáver fue la de un hombre asesinado en Nonoalco, al que después le recargaron la cabeza en la vía del tren para decapitarlo. El incipiente fotógrafo reconoce que soñó durante un mes la imagen del cuerpo del asesinado sobre la plancha del anfiteatro y a un lado su cabeza.

En uno de los accidentes automovilísticos que Metinides registraba con su pequeña cámara Brownie Junior conoció a Antonio Velázquez, al que le decían El Indio, un fotógrafo que trabajaba para el periódico La Prensa, quien lo invitó a que fuera su asistente y lo acompañara por las mañanas a la prisión de Lecumberri, al Hospital Juárez, a la jefatura de policía, a la estación de bomberos, a la Cruz Verde y a todo lugar donde hubiera accidentes o asesinatos. Fue su maestro y desde entonces Metinides fue conocido como El Niño y publicó en medios como Alarma, Jaque al crimen y La Prensa.

Así cuenta su historia Metinides, que desde la exposición que le dedicó la Photographers´ Gallery de Londres, en 2003, sus fotografías se han dado a conocer en todo el mundo con exhibiciones en Francia, Alemania, España y Dinamarca, entre otros países.

-¿Cómo era para un niño de 11 años andar en los anfiteatros, prisiones y accidentes por la mañana y luego ir a la escuela en las tardes?

-Lo que pasa es que me acostumbré por el cine a ver la violencia. Desde que tenía siete u ocho años me gustaba mucho ir al cine. Por donde vivía estaban el Politeama, el Teresa, el Cineac, Avenida, en esos pasaban películas de Al Capone, de gansters en blanco y negro. Me fascinaba ver las persecusiones, cómo se mataban, me encantaba ese tipo de historias policiacas.

Y ya con mi camarita pues lo que yo quería era tomar ese tipo de fotografías, así que me iba al cine y retrataba la pantalla, compraba revistas, las recortaba y hacía albumes de fotos de incendios, de accidentados o muertos.

Luego desde niño veo los primeros cadáveres, los primeros heridos, porque iba yo en las ambulancias. Llegábamos a unos accidentes espantosos en donde había muchas víctimas, muertos y heridos, entonces me fui acostumbrando. Ora sí que cuando volteé ya estaba curado de espanto.

-Cuando toma la foto del decapitado, ¿ya estaba curado de espanto?

-A los pocos días que fui a la séptima delegación me dijo el Ministerio Público: ve a retratar un muerto que nos acaba de llegar, una persona que asesinaron. Entonces voy y resulta que lo mataron a golpes, le pusieron el cuello en la vía del tren para que le pasara y le amputara la cabeza. Tomo la fotografía y todavía, como para ver si yo aguantaba, los encargados del forense agarran la cabeza y me la enseñan. Entonces le tomé la fotografía y me salí corriendo. Lo soñé un mes.

Después, cuando me iba con El Indio a tomar fotografías, conocí Lecumberri, el Hospital Juárez, nos íbamos en los camiones de bomberos, en las ambulancias, en las patrullas y hacíamos todos los reportajes.

Después supe que mis fotografías se publicaban en todo el mundo, y lo más chistoso es que eran hechas con una camarita de cajón de 12 fotografías en blanco y negro, de esas que había que apoyar en el estómago para tomarla y hacía click, porque era un fierrito que se jalaba, no era una cámara profesional.

-¿Su papá le enseñó a usar la cámara?

-Él me dijo: te regalo esta cámara y una bolsa de rollos y aquí abres la cámara así, metes el rollo así y le cierras así. Entonces solito fui aprendiendo a tomar mis fotografías, pero las tomaba como en las películas, tipo fotógrafo detective, porque retrataba todo, hasta los animales, la casa, las manchas, los casquillos, hacía todo un conjunto de fotografías de un solo crimen, a tal grado que cuando estaba en el periódico, diario iban dos patrullas, una del servicio secreto y otra de la policía judicial por todas las fotos que yo tomaba de un crimen, porque las tenía mejor que ellos. Inclusive, a veces ellos llegaban tarde y yo sí lo tenía, tal y como había sido, porque llegaba en la ambulancia.

-¿Y nunca se interesó en trabajar como fotógrafo de cine?

-Me hubiera gustado que algún director con algún caso hiciera una película, porque yo fui a casos increíbles que daban para hacer películas, del tema que fuera, cosas que a nadie se le ocurriría escribir y que salía de la misma gente.

-¿Siempre quiso ser fotógrafo, nunca pensó en ser investigador?

-De más niño quería ser piloto, pero cuando vivíamos en Vizcaínas, los chamacos de la pandilla me colgaron de siete pisos, de las manos y un pie durante más de 10 minutos y yo llorando. Era de relajo porque estaban vacilando a todos, pero me enfermé y fue motivo de que jamás he podido salir ni en helicoptero, ni en avión, porque me enfermé, me da mucho miedo. Ahora que están haciendo exposiciones de mi trabajo en todo el mundo me invitan con todos los gastos pagados, pero no puedo ir. Las fotos las ven en Londres, París, Madrid, Dinamarca, Holanda, Nueva York y Los Ángeles, pero no puedo ir, nada más me informan y me mandan fotografías y recortes.

-¿Cuál fue el suceso que fotografió que más le impactó?

-Una vez que fuimos a un accidente de un camión de gas, chocó con un poste, y cuando llegué estaban los bomberos intentando taponear el gas, pero cuando lo estaban tapando se hizo más grande el agujero y entonces invadió toda la calle, pero había cientos de mirones. Yo estaba en un edificio tomando mis fotografías y vi que la gente se comenzó a caer intoxicada y quise bajar a tomar más fotografías cuando viene la explosión, entonces se hizo una gran llamarada, se vibró el edificio y el grito de ¡ahhh!, porque mucha gente se quemó. Cuando bajé me encuentro con toda la gente prendida, corriendo y hago una secuencia de fotografías. Ahí murieron en total 90 personas y fueron más de mil quemados. Se quemaron 15 casas. Y tuve mucha suerte porque a mí no me pasó nada.

-¿Cuál era el secreto para tener siempre la imagen oportuna?

-Yo considero que si el fotógrafo no tiene suerte en el evento que cubra, pues no logra una buena fotografía. Aparte de la suerte que tenía, tomaba otro tipo de fotografías, menos morbosas y más cinematográficas.

-¿Cómo hacer algo artístico con la muerte?

-Yo retraté miles y miles de cadáveres, pero siempre traté que la fotografía no se viera tan morbosa, porque llegó un momento en que ya no se publicaban y hasta se retocaban. En el departamento de dibujo les quitaban a las fotografías toda la sangre y pintaban el piso como estaba cuando no había sangre; si el cadaver estaba muy sangriento lo retocaban, incluso yo llegué a retratar gente que estaba semidesnuda y le pintaban ropa. Aunque sea un cadáver, y aunque se oiga mal, se puede hacer una fotografía más artística.

Miguel Angel Ceballos El Universal Martes 11 de julio de 2006

1 Comments:

Blogger Luis Martínez Álvarez said...

Qué maravilla de vida, para hacer una película.Por cierto, en el Claustro de Sor Juana está una exposición de su trabajo, estará hasta el 18 de agosto.
http://www.ucsj.edu.mx/culturales/celda/metinides.htm

9:08 a. m.  

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